Toda la Danza

Elogio para Joaquín

PALABRAS DE VIENGSAY VALDES, primera bailarina y directora del BNC en la entrega del Premio Internacional Honorífico de Danza Josefina Méndez a Joaquín de Luz, primer bailarín y Director Artístico de la Compañía Nacional de Danza.

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Joaquín de Luz junto a Viengsay Valdés, Luis Morlote y Marta Bonet, Presidente y Vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Foto: Tomada de la pág del Ballet Nacional de Cuba

Buenos días:

Quiso el “azar concurrente”, ese del que hablaba José Lezama Lima, que el mismo día que se cumple un aniversario más del nacimiento de Antonio Gades —uno de los más grandes artistas españoles que en el mundo han sido, querido y siempre recordado por todos los cubanos—, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba distinga con el Premio Internacional Josefina Méndez a otro gran bailarín español: Joaquín de Luz. Madrileño de nacimiento, su patria es, en realidad, la danza, porque para Joaquín la danza ha sido siempre, más que su profesión, un sacerdocio.

Él forma parte de esa prodigiosa generación de bailarines españoles, que en su país suele llamarse “Generación Víctor Ullate”, formada y entrenada en la escuela y compañía del destacado bailarín, coreógrafo y profesor.

Allí, además, Joaquín inició su vida profesional en 1992.

Luego, amparado por su talento y carisma, iniciaría una muy notable carrera internacional que lo llevaría a actuar en muchos de los más importantes escenarios y a integrar diversas compañías, y aquí se impone mencionar a dos de las más prestigiosas: el American Ballet Theater y el New York City Ballet. Dos relevantes compañías en las que nuestro homenajeado dejó su impronta en muchos personajes y obras: desde aquellos títulos que heredamos del siglo XIX, y que con toda propiedad solemos llamar “grandes clásicos”; hasta creaciones contemporáneas, muchas de ellas concebidas especialmente para él, por los más relevantes coreógrafos de hoy: Alexei Ratmansky o Justin Peck, por ejemplo.

Sin olvidar, por supuesto, a esos patriarcas del ballet norteamericano, que en la primera mitad del siglo XX se empeñaron por llevar Estados Unidos a la danza, y crearon un movimiento danzario nacional: Agnes de Mille o Jerome Robbins, por citar sólo a dos de los más relevantes.

¿Qué nervio imprime a su baile el actual director de la Compañía Nacional de Danza, de España?, ¿cuál es la fuerza y la singularidad de su arte, que lo han convertido en uno de los bailarines españoles más renombrados a escala mundial?

Quizás el propio Joaquín nos lo podrá aclarar, no obstante creo que las respuestas a esas interrogaciones están en algunos de los motivos por los que hoy lo homenajeamos: una vida marcada por la pasión, el esfuerzo y la determinación, y, sobre todo, por su honestidad como artista, su honestidad como bailarín.

Con su fama y prestigio internacionales, Joaquín podría seguir bailando cambiando una variación o readaptando un tiempo musical. Él no. Él es de esa estirpe de artistas —honestos, insisto—, que cuando salen a escena lo entregan todo, y lo hacen como es y como debiera ser: sin treguas ni concesiones, como Alicia Alonso nos enseñó.

Hace apenas dos semanas, como artista invitado del Festival Internacional de Ballet de La Habana “Alicia Alonso”, lo vimos bailar, entre otras obras el papel principal masculino de Giselle, junto al Ballet Nacional de Cuba. Un poco en broma y un poco en serio, repetía, “A mis 46 años, soy el padre de Albrecht”… sin embargo, cuando el 29 de octubre se descorrieron las cortinas de la Sala Avellaneda, del Teatro Nacional, ahí estaba el duque de Silesia con toda su frescura, con toda su lozanía, con toda su técnica (y subrayo la palabra), convenciéndonos y conquistándonos.

Gracias, Joaquín, por tu entrega, por tu perseverancia. Que tu Luz no se apague nunca y nos siga iluminando e inspirando. Felicidades.

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